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Humala y Valdés contra el movimiento popular y social |
Las últimas
encuestas en el Perú coinciden en señalar la “caída de popularidad” del presidente Humala. Según éstas, el
75% de la población considera que el primer ministro Oscar Valdés debe
irse del gobierno, también que casi el 60% de los entrevistados desaprueban la gestión
presidencial.
Lo
curioso del caso es cómo se leen las encuestas en los medios de comunicación que, en
un 99%, responden a los intereses de las grandes corporaciones, que son las que
realmente gobiernan el Perú. Para los medios de ultraderecha, no existe el enorme rechazo a
Humala. Para esos medios, defensores a ultranza del capitalismo neoliberal,
Humala tiene la aceptación del 40% y eso basta.
Esos
medios, que también defienden la gestión de Valdés, coinciden con éste en que la política de Estado está por encima de la voluntad popular, que los presidentes deben seguir a
pie juntillas. “El presidente debe olvidarse de sus promesas” afirma sin sangre
en la cara el premier Valdés, instructor militar que siente que habla para su tropa, esa que debe
cumplir sus órdenes sin dudas ni murmuraciones. Lo que no dicen los medios, es que
esa política de Estado en realidad no responde a las necesidades populares,
los pueblos no votan por ella, sino por la ganancia, fin supremo de las
corporaciones capitalistas.
¿Por qué, si las
movilizaciones populares, es decir las resistencias masivas contra los efectos
del capitalismo neoliberal, que abarcan casi todo el país, están
poniendo en jaque al gobierno, la movilización social, es decir los colectivos
sociales que la empujan hasta la conciencia política, no sacan las conclusiones
necesarias para llegar a la gran transformación que produzca una sociedad con
Libertad, Igualdad y Fraternidad, esto es, una sociedad socialista?
Pesa mucho, no sólo en el Perú y en el
mundo entero, la dinámica reformista implantada desde la Primera Guerra Mundial por la
traición nacionalista de la social-democracia y luego, desde fines de los años 20, la
caída de la revolución bolchevique por el golpe de Estado llevado a cabo por Stalin y la
burocracia que lo catapultó al poder. Suena a cantaleta, pero no deja de ser cierto.
En el
Perú, el movimiento popular está aun manipulado ya sea por el viejo PC-ex
moscovita, que controla la CGTP, en tanto que el Sutep y algunas otras organizaciones
campesinas, son controladas por Patria Roja que es otra versión del PC,
con una vergonzante identidad pro-China. Ambas organizaciones son herederas
desde los años 30 del partido que fundara Eudocio Ravínez, luego de liquidar el
Partido Socialista que fundara Mariátegui. Casi está por demás señalar que
la traición de la socialdemocracia se ha expresado en nuestro país, en la
degeneración del APRA, partido aun vinculado a la Segunda Internacional.
¿Debemos,
entonces afirmar sueltos de huesos que la historia ya fue y que ahora “nosotros
mismos somos”?
No
pues. La historia se hizo carne y habita entre nosotros. Así como los
genes paternos determinan el color de nuestra piel y la forma de nuestros
rostros, la historia política que arrastra el movimiento popular y el social, determina el
comportamiento político de éste. Y aunque suene fatalista, mientras no reconozcamos de dónde
vienen los hábitos que nos conducen permanentemente a la derrota, no llegaremos al
cambio.
Para
comenzar, la derrota del movimiento popular y social, que sigue marchando cada
uno por su cuenta, tiene sus orígenes en que la historia del reformismo y del
estalinismo nos ha apartado de la lucha por el poder.
Por lo
tanto, mientras el pueblo, los trabajadores, no luchen por el poder, seguiremos
quejándonos de líderes traidores, de que la CGTP no organiza la huelga general, que
Patria Roja solo manipula mientras saquea los fondos magisteriales, que el
gobierno nos reprime, como si no fuere esa su función, que no estamos unidos, etc.
etc. Palabras que desde hace más de 80 años, desde la muerte de Mariátegui,
son la excusa para seguir en el reformismo y el estalinismo derrotista.
En los
años 80, durante la dictadura de Morales Bermúdez, surgió la
consigna de no mas militares ni patrones en el poder ¡Gobierno de Trabajadores!
Duró poco esta toma de conciencia, los corruptos políticos de
izquierda que se engolosinaron con su acceso al parlamento, como también a
puestos de poder en alcaldías y presidencias regionales, se acomodaron a la política de
Estado con la que realmente se gobierna en el Perú: la corrupción.
¿Hay
alguna lección que sacar de esta historia que nos aplasta?
Los
nuevos colectivos sociales, que rechazan con razón y con desprecio a la izquierda
tradicional, y que son muchos, tienen ahora la posibilidad en sus manos.
Sacudirse de la pesada herencia que nos derrota.